Peces dorados

Llegaba a la orilla con el más absoluto silencio. Quienes lo conocían se preparaban a observar la hazaña, para el común de la gente pasaba inadvertida. El hombre con un anzuelo de un hierro oxidado, esperaba mirando el río en silencio y analizando cada punto del agua. Quienes lo observaban lo miraban en el más completo silencio. Entonces tiró el anzuelo al río.

No pasaron ni diez segundos cuando sacó el anzuelo con un pez dorado colgado de él. Para sacarlo del agua, tuvo que jalar el anzuelo rapidamente, de esta forma el pez voló por los aires hasta llegar a la orilla del muelle. El pez se movía con tanta fuerza que hacía un fuerte sonido en las vetustas tablas. El pescador agarró al pez de la cola y lo sujetó con las dos manos. Tuvo que pasar como un minuto para que finalmente el pez se tranquilizara y entendiera su destino. En toda la operación no tardó más de cinco minutos. Dispuesto a volver a su hogar.

El "indio", era conocido por su aspecto de músculos recios y tez morena, pero por sobretodo su sobrenatural habilidad para la pesca. En un tiempo record y sin ninguna implementación extra, lograba atrapar unos peces dorados en el río. Peces que sólo eran vistos en zonas vírgenes o atrapados en sus anzuelos. Aunque nadie sabía como lo hacía, entendían que sólo él podía hacer eso. El Indio pescaba todos los días y generalmente los regalaba a sus vecinos y compañeros del sector.

Esta habilidad que para los antiguos pescadores no era más que algo cotidiano, levantó la codicia en un joven extranjero que pasaba por la humilde zona. Y ante el interés quiso aprender a pescar como él. Lo primero era llegar a hablar con El Indio, quien tenía su pequeña cabaña, por no decir ruca, escondida al oeste del poblado. Vivía humildemente, pero sin llegar a ser demigrante ni adversa al paisaje. Cuando lo encontró en torno a una gran araucaria tallando madera, se presentó y le pidió por favor que le enseñáse la pesca del pez dorado. El Indio se negó explicándole en pocas palabras que no podía hacer tal gesto. El hombre, posteriormente se lo exigió, amenazándolo incluso con poner en riesgo su vida. El Indio se rehusó y el hombre se fue rabiando con todos los objetos que encontraba.

En la noche el Indio dio un paseo al río, con su anzuelo, pero no quiso pescar. Cuando volvió a su casa, cuando la luna era la única luz visible. Su casa se encontraba en llamas. Corrió al pueblo y pidió ayuda. Toda la gente salió con recipientes a buscar agua al río, pero el traslado, era largo y agotador, por lo que cuando se apagó el fuego, ya no quedaba cosa en pie.

A la mañana siguiente El Indio siguió su rutina de costumbre y fue a pescar de mañana. Entonces encontró al hombre que le había amenzado la vez anterior. Este volvió a hacer referencia respecto a si podía enseñarle algo de pescar, pero El Indio lo ignoró y siguió caminando. Entonces el hombre se percató de que el anzuelo brillaba, comprendió donde estaba la habilidad del pescar y sin vacilarlo golpeó al Indio. Este se sacudió por el golpe, pero cuando le iban a propinar el segundo se defendió con su brazo y después le devolvió dos golpes dejando en el suelo al hombre indefenso. Después de eso se retiró sin decir una palabra.

El hombre había vuelto a la mañana siguiente muy temprano, con la cara machucada en dos partes, pero esta vez venía con un hacha. Se había escondido en el muelle. Sin embargo, esa mañana no llegó el Indio. Pasó una semana que mañana tras mañana el hombre cegado por su codicia esperaba al Anzuelo que llegara iluminando. Una noche en que se resignaba a retirarse y no volver más. El hombre vio llegar la luz del anzuelo en la mitad de la noche. Era el Indio que con su anzuelo brillante se preparaba para la pesca.

El hombre lo siguió y cuando este se detuvo este le dio tal golpe que si no hubiera sido por el error de cálculo y la oscuridad, lo habría decapitado. En cambio, le había dado en la cíntura cayendo el indio al piso, consciente aún. El Indio miró al hombre y con el anzuelo en la mano le dijo:

-Tu codicia te cegó. Tu soberbia te calló. No viste el bien donde lo había y ahora añoras tener algo que tú mismo destruiste. Me aleje para evitar que fuera inútil este bien para toda la gente que vive aquí. Pero el hombre acabó con él. Después, ¿Cómo te quejarás de que no haya que comer y nadie te digné a regalar alimento?

El Indio con la mano libre se tocó la herida y se dio cuenta que ya no tenía salvación. El hombre miraba atónito lo que había hecho escuchando el discurso del moribundo. Había destruido lo bueno que tenía. Estaba pasmado y no reaccionaba. El Indio se arrastró unos metros por el muelle hasta llegar a la orilla.

El Indio se arrastró y se tiró al río con el anzuelo en la mano.

A la mañana siguiente los peces del río habían aparecido muertos y el hombre se había ido de la misma forma que había llegado. La única diferencia, un pez dorado menos.

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