Sintió como la mano le hacía caricias y luego lo dejaba apoyado en un costado. La vida de un bastón no era nada emocionante, sin embargo requería gran esfuerzo y por ello le gustaba. Se sentía útil a pesar de lo poco que hacía su vigor y rigidez eran el pilar donde los más grandes sabios se apoyaban.
Sobre su peso habian pasado grandes personas, sabios y ancianos. Cada uno de ellos, era especial en algún sentido, destacando siempre su cariño hacia el bastón. Recordaba el tiempo en que ante la amenaza de uno de sus buenos golpes había espantando catervas enteras y delincuentes que pensaban abusar de ancianos.
Su color castaño, no era adquirido como creía, sino que era innato y era eso lo que lo hacía diferente a los otros bastones del hogar. Su mango tallado por uno de sus primeros dueños era tan fino y liso que el sólo hecho de tocarlo le proporcionaba tranquiliadad a su propietario.
Espóradicamente cambiaba de dueño y pasaba un tiempo en la nostalgia y el olvido. Lo peor siempre era la incertidumbre de saber como era su próximo dueño, eso siempre lo mantenía vivo y atento a lo que se venía.
De hecho en esos mismos momentos se encontraba en esas reflexiones. Reconocía esas caricias que se otorgan como un adiós. Ahora tocaba esperar. Pasaron unas horas para que lo alejaran de su ex dueño quien ya no era más que un recuerdo. Así, fue colocado en una pieza donde pasó algún tiempo esperando.
En la pieza le acompañaban numerosas muletas, metálicas y brillantes, se veía reflejado en ellas y se sentía cada vez más agradecido de lo que era. Esos bastones sin vida, no alegraban a nadie y en ningún caso, realizaban una mejor función que él.
Siguió esperando, hasta que pasaron varios días. Entonces, lo fueron a buscar.
Un hombre con delantal azul, vigoroso lo agarró de su cuerpo. Mientras lo paseaba por el edificio veía todos los ancianos del Hogar. Cada uno tenía su mirada y su cariño, pero algunos no necesitaban de él, o ya era muy tarde para poder ser ocupado por ellos. Luego, entraron a una pieza oscura donde no había más gente que el hombre que lo llevaba. Lo acercó una máquina y abrió la puerta.
Fue tan rápido todo que no alcanzó a reaccionar. Vio una luz vigorosa y sintió temor. Siento que su color se oscurecía mientras un calor recurría su cuerpo. Poco a poco su firme mango desapareció y las historias de años, se perdían. Entonces, el hombre cerró la estufa.


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